El Buen Camino. Capítulo 9 : “Septiembre”

Ene 11th, 2010 | Por Monica | Publicado en: Novela por capítulos "El Buen Camino"

CAPITULO IX


Septiembre

Comenzamos a caminar cuando era ya bastante tarde. Hacía horas que había amanecido y estaba claro que nos hacíamos los remolones tomando el desayuno. La etapa no era demasiado larga y nos lo tomamos con mucha calma. Hans preguntó acerca del ceremonial que debíamos realizar cuando llegásemos a Santiago. Les expliqué que lo primero que debíamos hacer era recoger la Compostela en la Oficina del Peregrino; una especie de diploma que acredita que se ha completado la peregrinación. Luego se debe acudir a la Catedral y allí abrazar la figura de Santiago Apóstol, situada justo detrás del altar mayor y se debía escuchar misa y confesarse. Aunque no estaba segura de si El Pórtico de la Gloria, también estaba incluido como parte del ritual, sería interesante visitar al Santo dos Croques y allí darse con la cabeza en la columna donde está situado para supuestamente adquirir su sabiduría. Luego conversamos sobre la Puerta Santa, de cuya existencia Hans tenía conocimiento y de por qué unos años era Xacobeos y otros no.

Por la tarde llegamos al pueblo de Samos y nos albergamos en el hermoso monasterio. Mis compañeros entraron a visitar el interior en una excursión organizada. Yo decidí no ir, volvía a sentirme un poco triste. Me quedé fuera sentada en la hierba, contemplando la magnífica arquitectura del edificio. Sabía que había estado en aquel lugar hacía años, y sin embargo no lo recordaba de esa manera. Me alegré de que mis recuerdos me traicionaran y poder sorprenderme como la primera vez; y es que tal vez yo ya no era la misma persona, tal vez si lo estaba viendo por primera vez.

En aquel momento sonó el teléfono, era una amiga mía. Estuve a punto de no contestar, porque no quería que despertar de aquel sueño que me parecía el Camino. Había pedido que no me llamaran si no era estrictamente necesario; así que pensé que podría tratarse de una emergencia y decidí coger.

-Estaba aburrida y quería hablar con alguien –dijo.

Me sentí bastante molesta y le contesté de mala gana. Ella se dio cuenta, pero no pareció importarle.

-Bueno mujer -dijo ella-. Encima de que me preocupo te molestas.

-¿Y qué? ¿Te has encontrado ya a ti misma en el Camino, o aún te queda tiempo para buscar?

Me sentó fatal que tribializara con el tema de mi búsqueda espiritual. Corté la conversación lo mejor que pude y decidí apagar el teléfono. Ahora me sentía realmente mal. Sabía la teoría pero por qué no era capaz de aplicarla en la práctica. Por qué no era capaz de controlar mis emociones, ni siquiera las palabras. Me sentí terriblemente frustrada y nuevamente empecé a llorar. En ese momento oí como una persona se acercaba por detrás, pero me giré porque no quería que me viesen llorando. Tuve que hacerlo cuando noté que se sentaba excesivamente cerca de mí. Era un hombre muy rubio de unos cincuenta años; complexión fuerte y aspecto de extranjero.

-¿Es bonito verdad?

-¿El qué? –dije confundida por su aparente poca delicadeza al venir a hablar con una persona que está llorando.

-El monasterio.

-Sí -asentí con poco entusiasmo.

-Tú también eres muy bonita.

-¡Ya! -creí entender sus intenciones-. Es usted muy amable, pero si no le importa preferiría estar sola.

-Perdona, parecías muy triste. Sólo intentaba consolarte diciéndote un piropo.

-Ya soy mayorcita -le dije-. No necesito que mi mamá venga a consolarme. ¿ No le parece?

-Sí, pero no tan mayorcita como para ser así de sarcástica.

Su contestación me pareció ingeniosa y volví a mirarlo, esta vez a los ojos.

-Agradezco su interés, pero estoy bien. Sólo necesitaba desahogarme un poco. Gracias.

-¿Y cuáles son esas penas que te están ahogando? -me preguntó.

No daba crédito a sus palabras.

-¿ No esperará que se las cuente?

-¿ Por qué no?, a lo mejor puedo ayudarte.

-Es que no comparto mis problemas con desconocidos –tuve que decirle.

-Está bien, en ese caso me llamo Ariel -y extendió su mano en señal de saludo.

-Perdone, pero tengo que irme -le dije, haciendo ademán de levantarme.

-Está bien, perdóname tú. ¿Y si te cuento mi historia, me escucharías un rato?

Mordí el anzuelo de la curiosidad. Miré a mi alrededor y vi que había mucha gente paseando. No podía hacerme daño escucharlo, pensé; además no tenía nada mejor que hacer.

-Está bien, pero si se pone muy pesado me marcho -le dije, con una sonrisa burlona.

-Prometido, simpática -me contestó él, devolviéndome la ironía.

Nací en Alemania hace ya bastantes años -¡Genial!, pensé para mi misma. Justo lo que necesitaba, otro alemán-. Estaba casado y tenía dos hijos, un buen trabajo y dinero. Lo tenía todo para ser feliz y sin embargo, no lo era -Con solo esas palabras consiguió toda mi atención en su historia.

No sabía por qué me sentía de aquella manera, tampoco era que estuviera deprimido y anduviera llorando por las esquinas, era sólo que sentía una especie de vacío interior. Continué con aquella situación durante años. Mis hijos crecían y mi mujer parecía conformada con mi estado de apatía perpetua, pero yo intentaba encontrarle una solución al tema, bebiendo whiski cuando tenía la más mínima ocasión. Bebía un poco por la mañana, otro poco a la hora de comer, aprovechaba la salida de la oficina para tomarme dos copas y cuando llegaba a casa antes y después de cenar siempre me tomaba algo, por eso de relajarme después de la jornada. Cuando llegaba la hora de dormir me tomaba el último trago, y así dormía plácidamente toda la noche. No tenía sueños ni pesadillas, supongo que estaba tan borracho que mi subconsciente no podía pensar.

Un día, volvía conduciendo a mi casa de la oficina, después de haber parado en un bar para tomarme algo. Iba distraído buscando un mechero en la guantera del coche, y sentí un golpe. Inmediatamente algo se estrelló contra el parabrisas, ¿Te imaginas lo que era? -No sabía si pronunciar lo que pensaba, pero finalmente en voz baja le contesté: ¿Una persona?

-Soy muy afortunado y no fue una persona, era un perro. Un gran pastor alemán que se había escapado de sus dueños y estaba parado en el medio de la carretera, justo delante de mi. La dueña se puso histérica -¿Cómo era posible que no lo hubiera visto? Llevaba varios segundos parado en mitad de la carretera, había tenido tiempo de verlo y esquivarlo, ¿ cómo es posible que no frenara?… Le di una cantidad de dinero por el disgusto y mi falta de reflejos y me metí de cabeza en un bar. Allí fui consciente de la magnitud de lo que había pasado. Si hubiera sido una persona tampoco la habría visto. Hubiera matado a una persona por ir borracho en el coche, y a partir de esa lógica aplastante, comencé a desenredar la madeja: Había matado al perro porque no lo había visto, no lo había visto porque iba borracho, iba borracho porque siempre bebía mucho y bebía mucho porque me sentía infeliz. Había llegado al punto de partida que ya conocía, yo era infeliz, pero ¿ por qué?. Fui muy sincero conmigo mismo y decidí ir un poco más allá.

Siendo joven había deseado ser poeta, adoro la poesía; pero conocí a una mujer que me inspiró mucho y, ya sabes, la dejé embarazada. Tuve que buscarme un trabajo serio para asegurar el pan de la familia; y por supuesto tuvimos que casarnos porque su familia era muy católica. Vino el segundo hijo y aumentaron las tensiones. No tenía tiempo para escribir, ni para leer, ni casi para pensar. La mujer suplicaba, los niños pedían y el jefe me exigía. Durante muchos años lo había sentido así. No había sido yo mismo durante todo aquel tiempo. Simplemente vivía sometido a los deseos de los demás. Esa era la respuesta a mi situación, la razón de mi infelicidad. Y esa noche en el bar lo vi muy claro, tenía que hacer algo antes de matar a una persona o a mi mismo de cirrosis ¿Y quieres saber qué hice?

-Sí -le contesté intrigada.

-Volví a montarme en el coche y me largué. Así de fácil, me largué. Conduje durante dos días hasta Madrid y me quedé a vivir allí. Mi madre es argentina, así que ya hablaba español. Me busqué un trabajo decente y a vivir que son dos días. Se acabó la bebida, las preocupaciones y la sensación de infelicidad. Ahora leo cuánto quiero, asisto a talleres de poesía, tengo una novia preciosa y no me arrepiento de nada ¿ Qué te parece?

Mis ojos debían de estar como platos, yo no sabía que pensar.

-¿ Lo está diciendo en serio?

-Muy en serio, esa es mi historia. Mi ex-mujer se ha casado de nuevo, y con los niños mantengo una excelente relación. Nunca dejé de llamarlos los domingos y siempre les he enviado dinero y buenos regalos.

El mayor estuvo hace poco pasando unos días de visita en casa, con su novia. Ellos me entienden y se alegran por mí. Prefieren verme así -feliz y lleno de vida, que como me veían cuando eran pequeños- siempre borracho y desgraciado. Los niños son muy intuitivos, ¿sabes? se dan perfectamente cuenta de todo lo que pasa.

Ahora debía de estar con la boca abierta, porque él me espetó un sonoro:

-¿ Sorprendida?

-Sí, la verdad es que mucho.

-Pues ya ves, así son las cosas; si tienes un problema búscale solución. Deja de andar lamentándote por las esquinas y de intentar ocultarlo con porquerías. El problema no va a desaparecer solo, eso te lo puedo garantizar. Y cuanto antes le busques arreglo mucho mejor, para ti y para los que te quieren.

Casi me había quedado sin palabras, pero reaccioné para preguntarle:

-¿ Y qué está haciendo usted aquí?

-De vacaciones, conociendo esta zona. Estoy con mi chica, ella está visitando un monasterio. A mi no me va mucho el rollo de la Iglesia. Soy creyente, que conste; pero no me gusta que unos hombres que no me conocen, me juzguen y me digan qué es lo que debo o lo que no debo hacer. Todos hacemos lo que podemos, y ellos también ¿eh? -Me dio un golpe de complicidad en el brazo, mientras me guiñaba divertido el ojo derecho.

Yo no sabía ni qué cara poner.

-¿Y qué?, ¿Te sientes mejor después de oír mi historia?

Pues tengo que reconocer que sí. Me ha impresionado su sentido práctico -le acabé diciendo.

-¡Estupendo!, y ya ves que no he sido demasiado pesado. Y ahora me marcho a recoger a mi chica, antes de que uno de esos monjes deprimidos me la levante, ¡ja, ja ! -Soltó una sonora carcajada y se marchó riéndose de su propia gracia; dejándome a mi allí sentada, poco menos que patidifusa.

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