El Buen Camino. Capítulo 4: ” Abril “

Ene 11th, 2010 | Por Monica | Publicado en: Novela por capítulos "El Buen Camino"


CAPITULO IV


Abril

Al día siguiente las primeras alarmas sonaron a las cinco. Yo estaba agotada, físicamente dolorida, pero emocionalmente volvía a encontrarme bien.

Como los otros días, organicé mis cosas: el saco en el fondo, las camisetas encima, la toalla y los artículos de aseo. En la parte superior un poco de comida y el agua en los bolsillos. Fui al baño y acabé de prepararme. Instintivamente busqué al chico entre la gente que deambulaba en silencio, pero él ya no estaba. Me alegré.

Caminé un rato detrás de un grupo de americanos. No paraban de reír y de gastarse bromas. Yo estaba bien, pero no me apetecían distracciones. Los adelanté y seguí haciendo el recorrido sola.

Después de unas horas llegué a un pueblecito precioso, con las casas construidas con piedra clara y madera, y montones de flores colgando de los balcones. Estaba cansada y decidí entrar en el único bar que encontré abierto. Pedí una taza de café y me senté en la barra. En ese momento salía del servicio una mujer que había visto el día anterior en el albergue. Nos saludamos y me sorprendió que viniera a sentarse conmigo. Como no sabía de qué hablar, le conté mi historia del día anterior en el páramo y a ella le hizo una gracia enorme recordarlo. También ella había elegido ese camino para llegar a Astorga y había sentido el mismo miedo y la misma desolación. Conectamos con esa historia y decidimos marcharnos juntas después de acabar las tazas de café.

Era una mujer de unos cuarenta años, alta y de figura atlética. Dijo que era italiana, pero lo cierto es que hablaba perfectamente español. Al principio tratamos temas superficiales, al estilo de que buen tiempo estaba haciendo y lo mucho que le gustaba el paisaje español. Pero después de un rato ella decidió ir más allá y se interesó por saber si deseaba hacer el Camino desde hacía tiempo, o si había sido una decisión de última hora. Me pareció una pregunta curiosa y le respondí:

-Fue una decisión casi instantánea -decidí explicarle. Por el hecho de vivir en Santiago había visto toda mi vida a montones de peregrinos visitando la ciudad. Los miraba y me imaginaba de dónde serían, pero yo nunca había sentido el deseo de ser uno de ellos. Sin embargo este año, se me había venido la idea a la cabeza e inmediatamente decidí hacerlo. Eso es todo.

-Pues yo en cambio –dijo ella-, hace muchos años que quería hacerlo. Desde que me enteré de que existía esta ruta, pensé que tendría que ser fascinante recorrerla. Sin embargo hasta ahora no había tenido la oportunidad. Supongo que cada cosa llega en el momento adecuado.

-¿ De verdad crees eso?, ¿Qué cada cosa llega cuando es el momento? - insistí en su comentario final.

-Sí, si lo creo. Hay veces en que quieres algo y te empeñas en conseguirlo, le dedicas mucho tiempo y esfuerzo pero todo te sale mal. En cambio otras veces, parece que las cosas te vienen dadas, sin casi pretenderlo, sin esfuerzo. Tiene que haber una explicación para eso y yo creo que es porque cada cosa llega en el momento idóneo

-Pero ¿ el momento idóneo para qué?

-¡Ah! Ese es el misterio. A lo mejor para que saquemos una lección de la vida. Tal vez sea una recompensa.

Esa reflexión me pareció interesante, y le pregunté si ella creía en las casualidades o si opinaba que cada persona tiene un destino, y que nada pasa porque sí.

Me miró divertida y dijo que en esos temas era imposible estar seguro, pero que ella tenía su propia teoría, y me preguntó si quería conocerla.

-Sí, claro –realmente tenía interés en saberla.

-Pues veras, te la voy a contar: yo creo que cada persona traza su propio destino, a base de pequeñas decisiones y a veces sin proponérselo; pero no me cabe duda de que cada uno elige la dirección que quiere darle a su vida. Y si a lo largo de la vida pasan cosas inesperadas, tampoco creo que sean casualidades; lo veo más bien como cruces de caminos, oportunidades para cambiar de dirección. Pero el destino, entendido como algo predestinado no existe. Cada persona es libre para elegir su propio destino, ahí radica la libertad del hombre y también la igualdad.

-Sí, puede que tengas razón -le dije-. De hecho, si existiera el destino, como tal, tampoco cabría la posibilidad de decir que existen errores y aciertos.

-¿Tú crees en la existencia de los errores? -me preguntó, dejándome un poco sorprendida.

-Sí, por supuesto. Cosas que hacemos mal y que podríamos haber hecho mejor.

-¿ Entonces crees en el bien y el mal?

-Sí, claro que sí.

-Y qué es para ti el bien y el mal?

-Bueno ya sabes…Hay cosas que están bien y otras que están mal –le contesté.

-No no lo sé. Pon un ejemplo, por favor.

Me sentí un poco confundida, pero inmediatamente le contesté que matar a una persona -eso es algo que está mal.

-Es cierto -me dijo-. ¿Pero qué pasa si esa persona que mata a alguien, luego se arrepiente de corazón y endereza su vida?. Eso estaría bien. ¿ Tú le perdonarías?

Automáticamente contesté que claro que estaría bien que se arrepintiese, pero que tal vez yo no fuese capaz de perdonarlo. Le dejé la respuesta en bandeja.

-Entonces eso estaría mal. En los Evangelios está escrito que debes perdonar a tu hermano; porque no somos nosotros quienes debemos juzgarnos; sino que debemos perdonar los pecados de nuestros semejantes, para que también los nuestros sean perdonados.

-Osea, que la mala acción de una persona, nos puede llevar a nosotros a cometer también otra mala acción.

-Eres tú la que utilizas las palabras malo y bueno. Valoras las cosas en positivo y negativo, yo procuro no hacerlo. El lenguaje de las palabras sirve para denominar cosas, objetos, incluso sensaciones, pero ¿cómo una palabra puede encerrar todo el significado de una acción que no es sólo humana, sino también espiritual o incluso kármica? ¿Cómo podemos calificar con una sola palabra el valor o la razón por la que una persona hace lo que hace y juzgarlo casi unanimamente como bueno o no bueno?

-Estoy de acuerdo. Pero entonces, tal vez deberíamos fijar el límite de lo que está bien o está mal en aquel punto, en que la libertad de acción de una persona, invade el campo de libertad de otra y le hace daño. Entonces podríamos decir que aquello que hace una persona, las decisiones que toma dentro de su esfera de libertad personal está bien, pero en el momento en que sus acciones u opiniones dañan a otra persona, estarían mal.

-Hablas como un abogado –me dijo riendo. Ahora responde a una pregunta: ¿Te han hecho daño alguna vez?

-Sí, claro que sí –le contesté.

-¿Las acciones u opiniones libres de una persona, fuese un desconocido o un ser querido, te han hecho sufrir?

-Sí, muchas veces.

-¿Y cambiarías esas cosas, esos sufrimientos?, ¿querrías que no hubiesen pasado?

En ese momento una especie de entendimiento se abrió paso en mi cabeza.

-No, no lo cambiaría. No cambiaría nada de lo que me ha pasado en la vida.

-¿Por qué no?

-Porque de todo lo que me ha pasado he sacado una lección. He necesitado que sucediera, para poder experimentarlo, para poder conocerlo viviéndolo en primera persona. Y porque todo ese sufrimiento me ha ayudado a crecer, me ha convertido en la persona que soy hoy. Y yo creo que hoy soy una persona mejor a como era antes; gracias a mis supuestos errores y gracias a los supuestos errores de los demás.

-Osea, que estás diciendo que fueron necesarias cosas malas, para convertirte en una persona buena, o por lo menos tú, que eres la única que puedes juzgarte, te consideras una persona mejor. De modo que tenemos que algo que aparentemente era malo, se ha convertido en algo aparentemente bueno. Utilizando un lenguaje humano.

-Sí. Tenemos que tal vez el mal sea necesario para alcanzar el bien.

-O, tal vez tenemos, que son las dos caras de una misma moneda. La evolución de un proceso.

Esas horas conversando con ella estaban resultando para mi, de las más interesantes en lo que llevaba de Camino. Le dije a mi compañera, que tal vez no era casualidad que nos encontrásemos esa mañana.

Cada vez estaba haciendo más calor y después de un rato decidimos parar. Teníamos agua y comida, así que pensamos en quedarnos allí unas horas, hasta que la fuerza del sol menguara y terminar el recorrido por la tarde. Nos sentamos a los pies de un árbol y miramos a lo lejos observando a otra persona que se acercaba caminando rápidamente. Los ojos de mi compañera se iluminaron al reconocerla, se puso en pie y agitó los brazos indicándole su presencia. La otra le devolvió el saludo levantando la mano derecha.

-¡Qué sorpresa! –dijo muy excitada. Conocí a esa mujer en los Pirineos y le había perdido la pista.

Cuando la nueva alcanzó nuestra posición, las dos mujeres se fundieron en un abrazo y parecieron realmente felices de encontrarse de nuevo.

-Me alegro muchísimo de verte –dijo la recién llegada.

-Yo bien también –le contestó mi compañera. Hoy precisamente he venido caminando con esta chica, hablando del destino y de las casualidades de la vida. Nuestra conclusión fue que las casualidades no existen, así que tú debes de estar aquí por alguna razón.

-Sí, porque tengo sed y se me está acabando el agua -contestó la mujer, ¿Podeis darme un poco de la vuestra?

Las tres nos reímos y yo observé lentamente a esta nueva mujer, supuestamente llegada allí por alguna razón especial. Era francesa, pero también hablaba español. Debía de tener unos cincuenta anos, era muy elegante y vestía perfectamente equipada con una gorra con protector para la nuca, gafas de sol, y camiseta con un cuello estampado, a juego con los pantalones cortos. La mujer decidió compartir nuestro plan de descansar hasta que el sol dejase de apretar tanto; y mientras comíamos nos contó algunas anécdotas de sus días caminando.

Luego la recién llegada se dirigió a mi y me preguntó desde dónde había empezado a caminar. Se lo dije y la siguiente pregunta fue, cuáles eran mis razones para hacer el Camino de Santiago. No tuve reparos en explicarle que mis razones eran, digamos, espirituales. Me encontraba atrapada en un momento difícil, en el que no sabía muy bien lo que quería hacer. Esperaba que el Camino me ayudase a encontrar una salida, o al menos que fuese un buen lugar para reflexionar.

La mujer francesa me miró sonriente y dijo que seguramente había sido una buena decisión. Luego añadió algo que me llegó al alma y que nunca podré olvidar:

-Pero tú ya sabes lo que quieres. Es el miedo a aceptar tu destino lo que te impide reconocerlo; por eso bloqueas tu mente y tu desarrollo. No le tengas miedo a tus sentimientos y actúa, ya verás como todo sale bien.

Otra vez volvía a salir el tema del destino y mi compañera italiana y yo nos miramos con complicidad.

-Justo de eso estuvimos hablando esta mañana -volvió a aclarar la italiana.

-¿Y qué pensais del tema? -se interesó la otra por saber.

-Yo pienso que el destino no existe, cada persona traza su propio destino. La italiana volvía a repetir su argumento. ¿ Y tú qué crees ? -Ahora le devolvía ella la pregunta a la francesa.

-Bueno, yo creo que existen dos clases de destinos. Intentaré explicarme. Tú te contradices, diciendo que el destino no existe y sin embargo, cada persona traza su propio destino. Reconoces que sí existe el destino, entendido como una cosa o una serie de cosas que pasan porque nosotros propiciamos que ocurran.

-Exacto -la compañera italiana la escuchaba muy atentamente. A lo que yo me refiero, es que no creo que las cosas estén predestinadas. Creo que existe libertad total para elegir lo que quieres hacer en la vida; y todo lo que nos pasa es, o bien porque trabajamos en la dirección adecuada para que pase, o porque no tuvimos la precaución suficiente para que no pasara.

-Correcto -la mujer francesa se alegró de oír este razonamiento. Entonces ahí, ya tenemos el primer tipo de destino: el provocado por nuestras acciones. Si haces tal tipo de cosas, tienes muchas probabilidades de que te pasen determinadas cosas.

-Sí -volvía a intervenir la italiana-. Yo lo veo una cuestión de acción - reacción.

-En ciertos aspectos yo también -acabó por opinar la francesa-. Sin embargo, yo opino que además, interviene un segundo tipo de destino, que yo estoy convencida que existe: el destino ideal; el que a nuestra alma le gustaría y por el que seguramente ha venido a nacer en la tierra.

Creo firmemente que el alma sabe lo que quiere. Necesita aprender algún tipo de lección y nos apremia a darle esa vivencia. Pero la parte física sólo actúa a través de pensamientos conscientes; normalmente decisiones elaboradas, y es ahí donde se frustran las necesidades del alma. Porque la parte física bloquea el proceso y lo hace con miedos, prejuicios y falsas ideas. Frustramos nuestro destino ideal, privamos al alma de las lecciones que venía buscando y nos creamos tantos conflictos por no confiar en lo que en definitiva es nuestra propia naturaleza, que al final nos perdemos en nuestros miedos y un montón de medias verdades y tonterías. Vamos dando tumbos por la vida en vez de dejar que nuestra intuición nos guíe.

-O sea que… – la italiana extendió las manos con gesto de querer parar la conversación y recapitular: ¿nosotros mismos nos trazamos un destino al que llegamos por estar huyendo de nuestro destino ideal?

-Correcto, no todo el mundo, pero en muchos casos sí. Y de paso nos causamos mucho sufrimiento innecesario. Pero además están las tentaciones para ponérnoslo más difícil, alguien tiene mucho interés en que nos apartemos del Camino.

-¿Quién? -le pregunté yo, con una ingenuidad provocada por mi falta de reflexión.

-Tú sabes quién -me dijo la mujer un poco ofendida.

Seguimos charlando mucho rato, sobre lo curiosa que podía llegar a ser la vida; hasta que la conversación fue evolucionando y finalmente nos vimos hablando de la muerte, y de si había o no una vida en el más allá. Nuevamente la mujer francesa tomó la palabra y me sorprendió ver lo claro que lo tenía todo:

-Para mi la vida y la muerte son como el día y la noche- dijo. El día es la aparente realidad, la noche es el misterio. Si miramos al cielo durante el día, comprobamos que hay un único astro: el sol. En realidad sabemos que hay muchos más, pero la luz cegadora del sol nos impide verlos. Se dice que el sol es el símbolo de la vida, porque como cualquier ser vivo nace como una forma tibia, no brilla mucho ni calienta; pero con las horas va adquiriendo más presencia y pasa a brillar con más intensidad; hasta que llega a un punto de máximo esplendor. Se mantiene así durante unas horas y luego cuando llega el momento, comienza a perder fuerza, hasta que al final desaparece –muere.

Pero cuando el sol se oculta, sabemos que no se acaba ahí el ciclo de la vida; porque después del día siempre llega la noche. Y es precisamente en la noche cuando el cielo aparece en todo su esplendor. Ahí es cuando podemos ver la verdadera grandeza del Universo: las estrellas y las constelaciones, los cometas y si alcanzásemos, hasta los agujeros negros. Todo eso está ahí y sólo hay una condición para poder contemplarlo: que la luz del sol -símbolo de la vida se apague. No lo vemos de día, sólo cuando se hace de noche, ¿comprendeis?

-Nunca lo veremos cuando estemos vivos, sólo lo veremos cuando hayamos muerto - esta vez fui yo la que contestó.

-Correcto. De hecho, lo que la luz del sol nos oculta es tan inmenso, que aún hoy seguimos sin tener ni idea de cual es su verdadera dimensión. Incluso podría ser infinito…eterno…

Después de esas palabras las tres nos quedamos en silencio, meditativas. Pero la mujer italiana habló finalmente para decir:

-Necesito pensar con calma sobre todo eso que has dicho. Aunque de entrada resultaría una posibilidad maravillosa.

-Sí, desde luego - le contestó la francesa-. Para mi es una probabilidad maravillosa.

Habían sido unas horas y unas conversaciones tan intensas, que lo que ahora nos apetecía era un poco de ejercicio para poder liberar la mente. Una de nosotras propuso volver a caminar y las tres nos levantamos del suelo, casi al unísono.

En cuestión de hora y media estábamos ya en el albergue. Coincidí allí con bastantes peregrinos conocidos y por la noche cené con Hans y Maydra. Luego me fui directa a dormir.

Ya en cama me acordé de que ese día no había visto al alemán.

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