El Buen Camino. Capítulo 13: ” Enero”
Ene 11th, 2010 | Por Monica | Publicado en: Novela "El Buen Camino"CAPITULO XIII
ENERO
Nos levantamos temprano, a las siete de la mañana. Queríamos visitar la catedral a primera hora para poder darle el abrazo al Santo. Bajando desde el barrio donde yo vivo hasta el centro histórico, comenzamos a cruzarnos con gente que regresaba a casa después de las celebraciones. La mayoría eran parejas que caminaban despacio y abrazaditos, con aspecto cansado, pero no pintaban del todo mal. Sin embargo a medida que nos íbamos acercando el centro el número de personas deambulantes aumentaban de manera proporcional a su grado de embriaguez. Algunos de ellos hacían comentarios sobre nosotros, otros simplemente nos saludaban o se reían.
Por fin llegamos a la catedral y lo primero que quisimos hacer fue darle el abrazo al Santo, sin embargo la puerta de acceso estaba cerrada, nos dijeron que no se abriría hasta el momento de la misa. Decidimos separarnos y que cada uno hiciese lo que quisiese y a su ritmo; yo me fui a visitar a mi imagen favorita y allí intenté rezar, pero me resultaba imposible. La catedral estaba llena de cámaras de televisión, cables, electricistas; un sinfín de técnicos que montaban todo lo necesario para la retransmisión de la misa grande, la misa del Peregrino, a las diez de la mañana. Me levanté y decidí dejar los rezos para más tarde, cuando toda aquella actividad cesase y el ambiente fuese más propicio para la reflexión. Caminé un poco por el interior, buscando a mis amigos, y me fijé en que prácticamente todos los bancos de la nave central, y muchos de los laterales estaban acotados y reservados. Tratándose de un acto público y encima religioso, eso me parecía una tremenda injusticia.
A las ocho y media de la mañana estábamos a la puerta de la Casa del Peregrino, haciendo cola para recibir nuestra Compostela. Coincidimos muchos de los compañeros que recorrimos el Camino juntos: Maydra y Hans, Javier, la pareja de chavalitos que había conocido en un albergue por León, y el grupo de amigos del que formaba parte el masajista. No estaban el alemán, ni la francesa, ni muchos otros de los que me hubiera gustado despedirme; pero pensé en ellos, sabiendo que en el momento en que recogiera mi credencial les estaría dando el adiós para siempre.
Las puertas deberían abrirse a las nueve de la mañana, pero eran ya y media y todavía seguíamos en la calle. Los peregrinos nos amontonábamos en el suelo, intentando mantener el buen humor, pero a la vez sorprendidos de que nadie nos atendiera. La cola iba desde la puerta del edificio, bordeando la esquina de la Plaza de Platerías, hasta el final de la calle. Muchas personas, sobre todo chicos jóvenes que seguramente no habían dormido en toda la noche, echaban una cabezadita apoyados en sus mochilas, indiferentes a los grupos de gente que bajaban la calle vestidos con sus trajes impecables. El contraste entre ellos y nosotros resultaba gracioso.
A las diez el edificio seguía cerrado. Los agentes de seguridad que vigilaban la calle, decían desconocer la razón por la que no se abría, pero nos pedían calma y mucha colaboración. La situación empezaba a ser indignante. Algunas personas habían abandonado la cola, pero los muchos que aún quedábamos, teníamos que hacer malabarismos con las piernas, para que no nos las aplastaran los coches oficiales, que conducían al político de turno por aquella calle tan estrecha, para dejarlo justo a la puerta de la catedral.
A las diez y veinte, cuando la Misa del Peregrino ya había comenzado, se abrieron las puertas de la Casa del Peregrino. Fuimos entrando lentamente, prácticamente en silencio. Yo me sentía cansada; tenía ganas de acabar con aquello cuanto antes e irme. Cogí mi Compostela y esperé a Hans y Maydra en la calle; luego juntos tratamos de acercarnos a la catedral. Era imposible, la plaza estaba abarrotada de turistas y feligreses; sin embargo, en un momento todo quedó en silencio y se pudo ver a lo lejos el tímido balanceo del botafumeiro. Algunas personas comenzaron a gritar y cada uno intentó posicionarse para ver algo. Yo me apoyaba en los hombros de Maydra tratando de coger impulso para meter la cabeza entre dos persona, ella daba saltitos afirmando haber visto algo moviéndose por el aire. En menos de un minuto se dispararon, por lo menos doscientos flases. Yo nunca había vivido aquella ceremonia desde la plaza, pero me resultaba impactante ver a miles de personas entregadas al pequeño botafumeiro.
Cuando el acto concluyó las campanas de la ciudad se lanzaron a un repique incesante que tiñó la mañana de un marcado carácter festivo. Algunas personas salían de la catedral llorando, la mayoría parecía emocionada. Nosotros mirábamos indiferentes hasta que decidimos ir a tomar algo y evitar el ajetreo. A las doce se celebraría otra misa, no era la del peregrino, ni era concelebrada, ni se sacaba el botafumeiro, pero era a la que acudiríamos todos; sin embargo muchos de los peregrinos decían sentirse decepcionados.
Faltando pocos minutos para la doce, nos sentamos en un banco en el interior de la catedral. Me dije a mi misma que había llegado el momento de dar las gracias por todo y pedir protección para mi nuevo camino.
La misa comenzó con una breve mención a los peregrinos que fue escuchada con un respetuoso silencio, pero a partir de ahí se convirtió en un ir y venir de turistas, de todas las razas y colores, que mantenían conversaciones en alto y sacaban fotografías a todo cuanto sucedía. Traté de concentrarme y pensar solo en lo que el cura decía, pero me resultaba imposible, prácticamente no se le oía, a pesar de los altavoces y las pantallas gigantes que había a lo largo de la planta. Se pidió silencio varias veces, pero al cabo de unos segundos el murmullo volvía, y en cualquier caso lo más molesto eran el ruido de las cámaras y las luces de los flases, docenas de ellos a cada instante, que me llevaba a pensar que más que en mitad de una misa, estuviera en una entrega de premios. Y de hecho aquello tenía mucho de show, una especie de espectáculo para los turistas.
Entre el cansancio, la lucha por mantener la concentración para vivir aquello como algo serio, y el ruido incesante que me lo impedía, se me levantó semejante dolor de cabeza que decidí abandonar el templo.
Me dirigí a una plaza contigua a la basílica y desde una escalera me dediqué a observar todo lo que se sucedía a mi alrededor. Riadas de personas cruzaban repetidamente la zona. Hablando, comiendo, riendo, mirando de vez en cuando al templo, pero sobre todo contentos. Todo el mundo parecía contento, a pesar de que yo me sintiera un poco melancólica.
Yo entablé conversación con una chica australiana a la que había visto en el Camino.
Para romper el hielo le pregunté si era la primera vez que estaba en España y ella contestó afirmativamente. De hecho era la primera vez que venía a Europa. Me interesé por saber, cómo conocía la existencia del Camino de Santiago, a lo que ella contestó que en realidad no lo conocía. Su plan inicial no era hacer el Camino, ni siquiera venir a España; sino a Francia. No alcancé a entender muy bien a qué se refería y ella me lo explicó: Se dirigía en avión a París, cuando leyó un libro y eso le hizo cambiar de idea.
-¿Pero cómo ? –Seguía sin comprender.
Contó que el viaje estaba siendo muy largo y ella estaba ya aburrida de ojear siempre la misma revista. Su compañero de asiento iba leyendo un libro y cuando lo terminó, se lo pidió para echarle un vistazo. Era un libro escrito por una mujer que había sido peregrina en el Camino de Santiago. Contaba su vivencia, sus sentimientos… y después de leerlo un poco decidió que ella también quería ser una peregrina. Se lo comentó a su acompañante y curiosamente él le dijo que aunque volaba a París para iniciar el Camino desde Francia, ahora había cambiado de idea y ya no le apetecía. De tal manera que cuando el avión aterrizó el joven le vendió su saco de dormir y su esterilla y se quedó con la reserva de su hotel de ella. Lo arreglaron todo en cuestión de minutos y ese mismo día ella cogió un autobús y viajó hasta Saint Jean de Pied de Port, desde donde al día siguiente empezó el Camino.
La historia me pareció fascinante. Cambiar de planes en un instante.
-Fue un impulso -dijo ella.
-¿Y crees que fue una buena idea ? -le pregunté.
-Pues no lo sé. La cuestión es que al principio el Camino me pareció muy divertido. Conocí a un montón de gente, hablábamos mucho y por la noche bebíamos vino mirando las estrellas. Pero luego hice un grupito de amigos y dejé de conocer gente nueva. Todo se vuelve más monótono; va perdiendo encanto e interés. Sé que la culpa es mía. Debería dejar el grupo y caminar más tiempo sola. Soy consciente de que así me estoy perdiendo muchas cosas; pero la verdad es que con ellos me siento bien, estoy cómoda. En vez de remar, estoy dejando que la corriente me lleve.
Me gustó esa expresión y también ella me gustaba.
-¿ Y tú qué tal, estás disfrutando el Camino?
-Sí, mucho. Resulta muy enriquecedor. Estoy aprendiendo muchas cosas sobre mi misma: mi fortaleza física, mi capacidad de aguante; y aunque de momento no sé cómo, creo que el hecho de hacerlo me va ayudar.
-¿Ayudarte a qué? –se interesó-. ¿Qué problema tienes?
-Lo cierto es que ya estoy cansada de hablar de mi problemilla. Empiezo a verme un poco ridícula dándole la paliza a todo el mundo con lo mismo. Yo misma estoy aburrida de escucharme.
-¡Venga, por última vez!
-No sé lo que quiero. Estoy hecha un lío, incapaz de tomar decisiones. No estoy satisfecha con lo que hago y a la vez no me atrevo a dar el paso de dejarlo, porque no sé bien qué otra cosa quiero hacer. Bueno lo cierto es que sí lo sé, pero no creo que tenga talento para ello. No sé si me entiendes…
-Sí, claro que te entiendo, a mí también me pasó. Hace tiempo.
-¿De verdad ? -los ojos se me iluminaron-. ¿Y cómo lo solucionaste ?
-En primer lugar, sacándome la presión. En mi caso me fui a la India como voluntaria de una ONG. Lo que yo vi allí me dio una nueva perspectiva de la vida; y por supuesto me hizo ser consciente de que yo tenía un problema, que no era no saber lo que quería hacer con mi vida, sino que no valoraba lo que tenía. Eso me ayudó mucho, porque fui consciente de que cuando volviera a casa, hiciese lo que hiciese, seguía siendo muy afortunada. El estar quejándome por el hecho de hacer algo que no me gustaba era una enorme insolidaridad y una tremenda soberbia. Esa fue la primera fase de mi cambio, el cambio de actitud. Dejé de ser tan egocéntrica y tan negativa, y eso fue como una gran liberación de energía. Liberé energía que tenía bloqueada y una nueva energía empezó a fluir en mi. Energía de vida, de realidad; no de negatividad y capricho. Fui consciente que me había portado como una niña pequeña que se cruza de brazos, enfurruñada y se limita a decir: no quiero, no me gusta… Ahí fue la segunda fase, cuando fui consciente de que me comportaba de una manera infantil. Y finalmente llegué a la tercera fase y a la solución de mi problema: No sabía lo que quería, simplemente porque no lo sabía. Lo intuía, pero no podía estar segura porque no había probado. Había pasado tanto tiempo compadeciéndome y rechazando todas las sugerencias que se me hacían, totalmente bloqueada, que simplemente no había probado, y hasta que no pruebes no puedes saber si algo te gusta de verdad o no.
-¿ Osea que en tu opinión lo que debo hacer es probar?
-Lo que debes hacer es perderle el miedo a probar. Perderle el miedo a fallar e incluso perderle el miedo a acertar. Piérdele el miedo a la vida. ¿Qué sale mal? habrás ganado mucho -la satisfacción de haberlo intentado y una actitud de lucha ante la vida. ¿Qué te sale bien? Perfecto. pero recuerda que por todo hay que pagar un precio en la vida. Eso no lo olvides nunca.
-¿Puedo hacerte una pregunta? -Necesitaba que me dijera algo.
-Sí, claro –ella accedió.
-¿A ti te salió bien?
-A mi me salió muy bien. Dejé mi profesión y ahora me dedico a la pintura, que es lo que siempre había querido hacer. No soy ninguna celebridad pero me gano la vida, y sobre todo soy muy feliz, como nunca antes lo había sido.
-¿Y tú, qué es eso a lo que te gustaría dedicarte?
-Si no te importa prefiero no contártelo –le dije-. Todavía no estoy preparada para exteriorizarlo.
Me parece bien. Te deseo mucha suerte.
Pasé el resto del día con varios de mis compañeros. La mayoría de ellos se quedaban esa noche allí, y planeamos irnos juntos de cena. Todo resulto perfecto y agradable. Al acabar la cena fuimos a tomar algo a un pub y después la mayoría nos despedimos; algunos porque cogían el tren o el avión temprano, entre ellos Hans y Maydra. Yo me fui porque necesitaba acabar con aquello. Dejar de hablar en inglés, dormir hasta las tantas en mi cama y volver a la realidad, tenía ganas de recuperar mi vida.
Ya en casa, recordé que Hans me había preguntado en diversas ocasiones, cómo pensaba que me iba a sentir cuando llegase por fin a Santiago. ¿Si estaría feliz de volver a casa, o triste por tener que quedarme? Le repetía que todavía no podía saberlo, pero que en muchos sentidos seguramente me daría pena que llegase el final; especialmente en el momento de despedirme de la gente, y ser consciente de que volvía a mi realidad. Ahora ya sabía como me sentía, y la verdad es que me sentía genial. Me gustaron las calles, las plazas, las fuentes, el ambiente tan turístico, los peregrinos. Había mirado a la ciudad y me había alegrado de pertenecer a aquel sitio; de hecho sentí pena por ellos que eran los que se marchaban.
No, no me sentía triste porque el Camino se acabara, al contrario, había ido buscando mucho y no me sentía decepcionada. Yo volvía a mi tierra, a mi vida y a mis dilemas. Nadie me había tocado con una barita mágica y me había dado la solución a mis problemas, y sin embargo por primera vez creía entender para que me había servido aquello: para no ponerme más excusas. Ya no había lugar para los victimismos y las debilidades. La propia vida, como el Camino te dan y te quitan, eso es irremediable; así que lo mejor que podía hacer era aceptarlo todo tal y como viene y seguir adelante; seguir siempre caminando y eligiendo la senda que más me atrae de entre las que se me ofrece, y si tal como en el Camino, siempre elijo la senda más complicada en vez de coger la más directa por carretera, será que me gusta complicarme un poco la vida, a lo mejor esa es mi naturaleza, y que más da si como dice el refrán: “todos los caminos conducen a Roma”.
Al día siguiente regresé a la Catedral y realicé los ceremoniales de la misa. Los días siguientes los dediqué a la familia y a estar con amigos a los que hacía tiempo que no veía. Le conté a todo el mundo lo mucho que me había gustado el Camino y la singularidad de esta experiencia. Después me encerré en mi casa y no salí hasta que había pasado casi un mes. Ahora sabía muy bien lo que quería, sin excusas; por fin me había sentado a escribir.
