El Buen Camino. Capítulo 10: ” Octubre”

Ene 11th, 2010 | Por Monica | Publicado en: Novela "El Buen Camino"

CAPITULO X


OCTUBRE

Faltaban sólo cuatro días para alcanzar Santiago y empezaba a sentirme impaciente por llegar. Había estado anteriormente en la mayoría de los pueblos que tendríamos que atravesar, por eso me gustaba la idea de que la mayor parte del recorrido discurriese por el monte. De ese modo cabía la posibilidad de cruzar alguna aldea desconocida o sorprenderme con alguna cosa inesperada.

Esa mañana comencé caminando con Hans y Maydra, aunque luego los dejé atrás. Habíamos acordado que cada uno siguiera su propio ritmo; aunque pasase lo que pasase; y en caso de que nos perdiéramos, antes de llegar a Santiago nos llamaríamos y haríamos la entrada a la ciudad juntos. En realidad yo quería estar sola. Sentir nuevamente la soledad en el Camino. Parar o seguir sin dar explicaciones; y así lo hice durante bastante kilómetros. Hasta que conocí a Javier.

Javier era un chico de Madrid, con los ojos de un azul muy pálido y aspecto frágil, casi enfermizo. Se asemejaba a un poeta de principios de siglo; con los pantalones blancos de tela y camisa blanca remangada, sombrero de paja cubana y esa constitución débil y delicada. Lo vi caminando a lo lejos, con un paso renqueante y fatigoso que me hizo gracia. Evidentemente no estaba en su mejor momento; aunque para mi tampoco estaba siendo un día demasiado fácil. Era la primera vez desde que había empezado el Camino, que tenía verdaderos problemas físicos para caminar. Una de las rodillas había empezado a darme punzadas en la parte posterior, y sentía algún tendón o músculo excesivamente tensado -como la cuerda de una guitarra a punto de romper. Aquello me tenía preocupada.

Cuando le di alcance, le pregunté acerca de mi problema en la rodilla. Reconoció no tener ni idea de lo que podía tratarse, y me confesó que a él le dolía mucho un tobillo. Al final decidimos compartir la caminata y nos dijimos que, aunque fuera tirando el uno del otro, ese día llegaríamos juntos al albergue de Portomarín.

La compañía de Javier era lo que me daba fuerzas para continuar. El dolor en la pierna empezaba a ser constante y temí que se tratara de un algún tipo de lesión. Por momentos tenía que pararme y realizar estiramientos. En otros momentos se paraba él, para darle un masaje al tobillo y comprobar que cada hueso seguía en su sitio.

Nos caímos bien desde el principio, y a pesar del sufrimiento nos sentíamos de buen humor. Pasamos horas hablando de nosotros mismos, y de nuestros gustos: música, literatura, viajes; lo que fuera con tal de no pensar en el dolor. Al final, las fuerzas se fueron agotando hasta para mantener una conversación seria, y pasamos a reirnos de nosotros mismos y de nuestra debilidad. Nos carcajeábamos pensando en el aspecto que debíamos de tener caminando juntos -los dos largos y delgaduchos, arrastrando nuestros cuerpos doloridos por los caminos de España.

Estando a ocho kilómetros de Portomarín, llegamos a un pequeño pueblo con albergue. Nos sentamos y hablamos sobre la conveniencia de seguir o quedarnos. Los dos estábamos cansados pero no nos apetecía quedarnos en aquel lugar tan pequeño y encima tan cerca de la meta. Justo en ese momento pasó por allí, un grupo de peregrinos a los que Javier conocía. Uno de ellos era masajista y nos examinó brevemente las piernas. Aparentemente todo estaba bien. En mi caso sólo se trataba de una combinación de agujetas y dolores en un tendón por falta de masa muscular. En el caso de mi compañero los dolores podían estar provocados por llevar demasiado apretadas las botas. El sacarnos el peso de la preocupación contribuyó a animarnos a continuar. Nos pusimos en pie, recogimos nuestras mochilas y emprendimos nuevamente la marcha.

Por fin llegamos a Portomarín. Eran las cinco y media de la tarde y habíamos caminado casi treinta y cinco kilómetros esa jornada. La temperatura que registraban los termómetros, era de treinta y dos grados a la sombra.

Nos caía el sudor a chorros cuando llegamos al albergue; y aunque tremendamente cansada, me sentí ligera como una pluma cuando por fin dejé la mochila en el suelo.

Más que comer, devoramos dos buenos menús del día; y decidimos pasar el resto de la tarde juntos. Nos sentamos en la terraza del albergue, con vistas al embalse de Portomarín y allí nos quedamos bebiendo zumos, compartiendo cremas antiinflamatorias y los cubitos de hielo para el dolor muscular. Ahora me sentía tremendamente relajada y pensé en lo afortunada que era. En ese momento la vida volvió a sorprenderme con uno de sus pequeños regalos: Hans y Maydra, que aunque con aspecto muy cansado, sonreían educadamente mientras el hospitalero les decía que ese albergue estaba lleno; tal vez encontrarían sitio en el que había a la vuelta de la esquina.

Por la noche cenamos los cuatro juntos y nos reímos con ganas cuando Hans contó que, tal como nosotros, a ocho kilómetros de Portomarín, estaban ya totamente agotados y tenían la intención de quedarse en el pequeño albergue del pueblo. Al querer inscribirse, el hospitalero les dijo que todo estaba completo; debían continuar. Al parecer Maydra no se veía con fuerzas para dar un solo paso más, por lo que le dijo al hombre –muy valiente ella, decía Hans- que no le importaba dormir en el suelo; a lo que él le contestó que ya había otras diez personas que esa noche iban a dormir sobre el pavimento; por lo que sintiéndolo mucho, ni así había sitio para ellos.

Yo me carcajeaba imaginando la cara de la pobre Maydra, mirando al hombre con sus enormes ojos negros; mientras ella me decía : -¡imagínate chica!, al principio yo creía que era una broma…

Tags: , , , ,

Leave Comment