El Buen Camino. Capítulo 1: “Enero”

Ene 11th, 2010 | Por Monica | Publicado en: Novela por capítulos "El Buen Camino"

CAPITULO I


Enero

Por supuesto, el primer día en cualquier viaje o experiencia nueva es siempre muy especial. El simple hecho de que no exista una experiencia previa con la que poder compararla, produce una sensación excitante, mezcla de respeto y curiosidad, que resulta maravillosa. No importa cuantas veces vivas una primera vez. Si el escenario cambia y la motivación es diferente, una y mil veces se produce la magia de la novedad. La adrenalina se dispara en el cuerpo y los sentidos están pletóricos. No buscas nada, sólo percibes. Lo observas todo y todo resulta interesante: las personas, los edificios y hasta las nubes del cielo. Aunque lo hayas visto todo mil veces, todo vuelve a centrar tu interés; porque no lo comparas con nada, lo vives como si fuera la primera vez.

Aquella novedad me dio fuerza. Me sentí feliz de haber dado aquel paso. Estaba lejos de mi casa y de mi vida; pero por primera vez después de mucho tiempo sentía que no estaba huyendo, sino enfrentándome, seguramente a mi misma. Para mi era una prueba. Quería conocer mis límites y mis reacciones ante los imprevistos. Sabía que podía ser duro y eso era precisamente lo que me atraía. Me sentía segura de conseguirlo pero a la vez notaba los nervios en el estómago. Definitivamente aquella sensación me encantaba.

Lo primero que hice en León fue tratar de localizar el albergue. No quise buscar un mapa de la ciudad y preferí ir preguntándole a las personas con las que me cruzaba en la calle. Seguí sus indicaciones y en cuestión de minutos me encontré a las puertas del convento. Llamé al timbre y abrió una monja de aspecto cansado que dijo que me había equivocado -no era allí donde daban alojamiento a los peregrinos-. Tenía que seguir caminando unos metros más y ya vería la flecha que señalaba la entrada.

Me hizo gracia mi propio error. Por primera vez miré al suelo y vi que estaba pintado con flechas amarillas; y justo delante de la puerta a la que había llamado, había una que indicaba que debía seguir. Lo hice con una sonrisa en la cara, y a los pocos metros encontré la siguiente flecha, señalizando claramente, que la entrada al albergue era allí. Penetré en la propiedad a través de un gran arco de medio punto de piedra. Al final del túnel que formaba, vi un patio en el que estaba sentada una joven que me sonrió y me invitó a que me acercara. Sin duda era la hospitalera. Le devolví la sonrisa y fui hacia ella.

-¡Hola!, empiezo el Camino desde aquí y quería inscribirme -le dije un poco nerviosa porque no sabía muy bien como funcionaba aquello.

-Muy bien -contestó muy sonriente-. ¿Me dejas ver tu credencial?

Saqué la credencial de la mochila y se la entregué. Le echó un vistazo y una expresión de sorpresa se reflejó en su rostro.

-¡Vaya!, ¡así que eres de Santiago!

-Pues, sí -le contesté un poco extrañada de ver que le llamara la atención que una compostelana hiciese el Camino.

La chica aprovechó la ocasión y me hizo un montón de preguntas sobre la ciudad: ¿Si estaba lloviendo?, ¿si había visto muchos peregrinos antes de venir?, ¿ qué tal eran las fiestas?… Por fin, después de que yo hubiera contestado a todas sus preguntas -y con una especie de orgullo profesional en su gesto-, estampó con fuerza el primer sello en mi credencial, a la vez que me deseaba un muy buen camino y una feliz estancia en el albergue. Luego se levantó de la silla y me indicó las habitaciones y todos los servicios que prestaban a los peregrinos: cocina, lavadora, secadora, duchas y hasta guías que podía ojear en el piso superior. Se servía el desayuno gratis entre las seis y las siete y media y me advirtió que a las diez menos cuarto de la noche se daba la bendición a los peregrinos en la iglesia del convento. Si quería asistir, debería estar unos minutos antes de la hora en ese mismo patio. Desde allí nos acompañarían para asistir al acto.

Le di las gracias, un poco abrumada por tanta amabilidad y decidí dirigirme a las habitaciones para coger una cama y dejar la mochila antes de ir a visitar la ciudad. Eché un vistazo por la cocina y los baños y me marché muy satisfecha de estar por fin instalada.

Estuve dando vueltas por León durante varias horas. Caminaba muy despacio, sin rumbo determinado, dejando que mi propio instinto y la curiosidad me guiasen. Entré en algunas iglesias y en un museo que encontré abierto. Luego llegué a la plaza de la catedral y me senté en un banco. Desde allí contemplaba el vuelo pesado de unas cigüeñas que lentamente sobrevolaban el templo. Había mucha gente paseando y fotografiando el magnífico edificio; aunque lo que más predominaba, eran excursionistas de la tercera edad. Yo los observaba atentamente. Parecían muy relajados y despreocupados de todo. Empecé a preguntarme si ellos habrían tenido alguna vez el tipo de dudas que yo tenía; o si por el contrario, la dureza de sus años de juventud, les había impedido dedicarle tiempo a ese tipo de cuestiones.

En ese momento recordé que justo antes de venir había visto en un programa de la televisión local, una pequeña entrevista que le hacían a un anciano de una aldea de A Coruña. Sus vecinos lo homenajeaban en las fiestas parroquiales, por su contribución a la vida social del lugar. El hombre había sido capador durante más de cuarenta años y en la entrevista explicaba que había empezado en la profesión siendo todavía un niño. Al principio se limitaba a acompañar a su padre por las aldeas y observar el modo en que él capaba a los animales. Luego, cuando creció, empezó a ocuparse personalmente de algunos encargos; a pesar de que el oficio no le satisfacía en absoluto. Pronto decidió que lo dejaría la primera vez que se le muriera algún animal; pero lo extraño del caso fue que nunca se le murió ninguno. Así que nunca había tenido la oportunidad de cambiar de profesión.

Su historia me había llamado mucho la atención. Me preguntaba qué interpretación podía dársele a aquello. ¿ Era posible que aquel hombre estuviera destinado a ser capador?, ¿o es que había sido capador porque había dejado sus intenciones a la voluntad del destino?

Había estado pensando en aquello durante varios días porque creía que a mi me ocurría algo parecido: Cada vez que había tenido la intención de abandonar mi profesión, o hacer un cambio de prioridades; minutos después o como muy tarde al día siguiente, recibía algún tipo de noticia -una carta o una llamada-, que suponía una buena oportunidad para mi y que siempre acababa aceptando. Al principio lo veía como simples casualidades sin ningún significado especial; pero más tarde empecé a plantearme seriamente si eso no tendría alguna razón de ser; y llegué a la conclusión de que eran tentaciones. Pequeñas trampas para probar mi voluntad y ante las que no debía ceder si realmente quería conseguir aquello que me proponía.

Recuerdo que empecé a desear que llegara ya el día siguiente para comenzar el Camino, pero a la vez temía que mi impaciencia me impidiera reconocer alguna posible señal. Tal vez mi destino estuviera esperándome detrás de alguna esquina, o se me haría alguna revelación divina si entraba en alguna pequeña iglesia. Lo insospechado podía suceder en cualquier momento y yo tenía que estar preparada para reconocerlo inmediatamente. Luego tuve miedo de que el Camino me defraudara. Pensé que tal vez estaba poniendo demasiadas expectativas en aquel viaje y que eso podía ser un error. No podía sacarme de la cabeza que si volvía a casa sin ninguna solución, no tenía ni idea de lo que haría después. Buscaba una clave, algo que me indicara la dirección correcta, y estaba allí para encontrarla; ¿pero qué haría si fracasaba?. No quería pensar en eso, pero tampoco podía evitarlo.

Decidí entrar en la preciosa Catedral de León y rezar. Egoístamente recé por mi. Pedí ayuda para solucionar mis dudas y protección para que nada malo me ocurriese. En aquel momento una frase se definió en mi mente y se convirtió en mi credo durante los siguientes días: «el Camino te da y te quita. Acéptalo todo tal y como viene».

Salí de la catedral sintiéndome mucho más relajada y decidí volver al albergue. Ahora estaba ansiosa por integrarme en mi nueva vida de peregrina. Llevaba algo de comida y cerveza que había comprado en una tienda, y pensé en escribir un poco sobre mis primeras horas de viaje.

Al entrar, vi que había mucha gente desperdigada por el patio de acceso a las habitaciones. Algunas personas trabajaban poniendo a punto sus bicicletas y otras simplemente descansaban sentados o acostados en el suelo. Me sentí un poco desconcertada; así que opté por dirigirme a un banco solitario que descubrí en una esquina. No hablé con nadie porque no sentía la necesidad. A pesar de que no tengo ningún problema para integrarme en un ambiente nuevo, me gusta empezar despacio; observando desde fuera el conjunto de la situación. Cogí una lata de una de las bolsas y me dediqué a contemplar atentamente mientras bebía, todo lo que sucedía a mi alrededor. Casi todo el mundo parecía conocerse. Se producían continuos saludos con cada persona que entraba y se preguntaban donde habían dormido la noche anterior, o qué tal había ido la jornada. Una mujer tenía los pies metidos en una palangana, y otras personas se hacían curas o se masajeaban las piernas con evidentes signos de dolor.

Reparé en una monja que paseaba por el patio mirando a todos los peregrinos. De vez en cuando se acercaba a alguno de ellos para preguntarles si se encontraban bien o, si tal vez, necesitaban alguna cosa. Yo seguía sentada, bebiendo mi cerveza. Sabía que no había nada malo en eso, pero no podía evitar sentirme un poco incómoda cuando ella pasaba por delante de mi, sonriente, dirigiendo su mirada hacia mi brillante lata de alcohol. En esos momentos hubiera preferido que fuese agua y no cerveza; pero ella tenía que entender que yo no podía estar allí sentada tanto rato bebiendo solamente agua; estaba sola y la cerveza hacía que me sintiese más fuerte y con personalidad. Una mujer sola en un banco, bebiendo cerveza, resulta interesante. Una mujer sola tanto rato bebiendo agua, resultaría insípida. En ese momento fui consciente de mi profunda inseguridad.

Seguí observando la vida en el albergue y fijé mi atención en un joven que rondaba solo por el patio. Era alto y delgado, y fumaba un cigarrillo mientras se movía despacio y meditativo. Me resultó interesante y me dediqué a seguirlo con la mirada. Caminaba casi en círculos, con la vista fija en el suelo. Parecía no prestar atención al resto de los peregrinos; totalmente inmerso en sus propios pensamientos. Al momento, sin embargo, levantó la vista y la dirigió instintivamente hacia mi. Lo inesperado de su acción me cogió desprevenida y no pude reaccionar mas que devolviéndole una mirada tan intensa como la suya; mientras sentía una especie de pudor subiéndome rápidamente por las rodillas. Luego él apagó el cigarrillo en el suelo, recogió la colilla y se marchó escaleras arriba en dirección a las habitaciones. Yo lo observé hasta que se perdió detrás de la puerta, y me pregunté si dormiría en mi misma habitación.

Empecé a sentirme un poco triste por estar allí sola. No era tanto una soledad física, sino más bien existencial. Una especie de tristeza por verme sola ante la vida, ante la dura prueba que me esperaba. Contemplé el cielo y me pareció precioso. Tenía un tono rojizo impuesto por el atardecer y lo cruzaban oscuras nubes que se movían a toda velocidad. Después de unos minutos comenzaron a verse relámpagos y se levantó una agradable ventisca que contribuyó a paliar el calor que todavía hacía a esa hora. Montones de golondrinas revoloteaban incesantemente por el patio, y de vez en cuando pasaba alguna enorme cigüeña sobrevolándonos lenta y pesadamente. Resultaba un momento único, muy especial; y yo comencé a sentirme de esa misma manera: dramática y teatralmente especial. Acentuaba mi soledad con largas y serenas miradas al firmamento. Cerraba los ojos y respiraba despacio y profundamente. Me imaginé que participaba de los misterios de la vida y que yo también podría ser uno de ellos. Ahora sabía que había hecho bien empezando el Camino desde León, sentándome en ese banco y mirando al cielo en ese preciso momento. Me sentía feliz de estar allí y eso era suficiente para que fuera la elección correcta.

A las nueve cuarenta y cinco en punto vinieron a llamarnos para asistir a la bendición de los peregrinos. Se celebraba dentro de la iglesia del monasterio, a sólo unos metros de allí. Al entrar nos pidieron que nos colocásemos en círculo y nos repartieron unos libritos con cánticos y oraciones. Después, la misma monja que había estado paseando por el patio horas antes, pidió silencio y comenzó a explicar en qué consistiría la ceremonia. Nos iban a conceder el honor de formar parte de sus rezos nocturnos. Pidió muy amablemente que repitiésemos unas frases después de que ella las leyese, y practicamos durante unos minutos. Luego pidió profundo silencio y nos invitó a entrar en la capilla.

Yo me sentía entre divertida y excitada por la novedad de la experiencia, pero me molestaba oír a algunas personas riéndose y haciendo comentarios por lo bajinis sobre lo misterioso de la situación. Me pareció una falta de respeto hacia la monja y hacia mi, que quería disfrutar de ese momento sin interrupciones ni distracciones. Miré a la monja para saber si también ella estaba molesta, pero me sorprendió ver que parecía muy relajada, totalmente comprensiva ante la situación y esas personas. Sonrió, y finalmente volvió a pedir silencio. Los murmullos cesaron y a través de una pequeña puerta comenzaron a entrar monjas en el interior de la estancia. La mayoría era de edad avanzada, aunque también había alguna bastante joven, de no más de treinta años. Se dirigieron a sus sitios en el bonito y recogido claustro de madera labrada y por fin dio comienzo la ceremonia.

Las religiosas decían en voz alta sus rezos y nosotros respondíamos repitiendo nuestras frases, tal y como habíamos ensayado con la monja antes de entrar. Al principio el grupo respondía con cierta vergüenza, pero luego la fuimos perdiendo y las respuestas se hicieron cada vez más claras, a la vez que el tono se volvía más alto. Mientras, nuestra monja-guía nos miraba sonriente, parecía orgullosa de su grupo de peregrinos y nosotros nos sentíamos orgullosos de hacerlo bien. Al cabo de unos minutos, el resplandor de un rayo se apreció desde el interior de la capilla, y el sonoro trueno que le siguió, hizo temblar los cimientos del pequeño templo. Nos quedamos en silencio hasta que pudimos recobrarnos de la impresión. Se oía la lluvia cayendo con fuerza en el tejado y en la calle, y aquella tormenta contribuyó a dar un tono divertido a la celebración.

Cuando el acto concluyó y nos bendijeron, comprobamos que fuera estaba cayendo un auténtico diluvio. Volvimos corriendo al albergue entre risas y pequeños gritos de algunos compañeros, y por primera vez me sentí como una auténtica peregrina.

De vuelta en el patio, comenté brevemente con algunas personas lo profundo que había resultado el acto; mientras observábamos ensimismados la violencia con la que la lluvia golpeaba la piedra. Luego decidí marcharme a cama. Había sido un bonito día, pero no sabía lo que me esperaba al día siguiente.

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