Foto: Galería de fotos de Compostelavirtual en Flickr

La historia cuenta el hecho. Rayaba el año 1000 cuando el temible caudillo Almanzor irrumpió en Santiago de Compostela para arrasar todo vestigio del mayor santuario de la cristiandad peninsular -el templo prerrománico anterior a la actual catedral románica-, y así, lo hizo sin la menor resistencia de los habitantes que habían abandonado sus casas y oficios en busca de refugio en los valles y montes próximos.

El feroz caudillo moro Almanzor hizo llevar a Córdoba, como recuerdo y botín de su hazaña, las campanas de la catedral, que serían utilizadas como lámparas en la mezquita. Al parecer, las campanas fueron llevadas a hombros por los cristianos hechos cautivos durante esta campaña de la Guerra Santa. Las primitivas campanas de la catedral permanecieron en Córdoba hasta que la ciudad fue reconquistada, momento en que fueron devueltas y acarreadas a su lugar de origen, al parecer también a hombros, esta vez de esclavos musulmanes.

Entorno a este hecho histórico, existe  una leyenda que asegura que cuando Almanzor entró en la Catedral, ante la tumba del Apóstol se encontró con un anciano fraile haciendo oración, el hombre estaba arrodillado. Asegura la leyenda que se trataba del mismo Obispo de Iria, Pedro de Mezonzo. El caso es que la ferocidad del caudillo se tornó súbitamente en mansedumbre o temor, al punto de que respetó el sepulcro y el fraile, retirándose sigilosamente, no sin antes dar de beber a su caballo el agua bendita de la pila bautismal.

El resto del templo no corrió la misma suerte: Fue totalmente destruido y saqueado.

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